Logicamente no he escuchado todos pero de ente los que he escuchado...
The Divine Comedy - Bang goes the Knighthood
Jeremy Messersmith - The reluctant Graveyard
Josh Rouse - El Turista
Clem Snide - Meat of life
Teenage Fanclub - Shadows
Eels - Tomorrow morning
Nagasaqui - Sor Lorenza
Dr. Dog - Shame, shame
Sally Seltmann - Heart’s that pounding
Grate Lake Swimmers - Lost Channels
John Grant - Queen of Denmark
The Very Most - A year with the very most
Pernice Brothers - Goodbye Killer
Rufus Wainwright - All days are nights: songs for lulu
The Apples in Stereo - Travellers in space an…
Ferraby Lionheart - The Jack of Hearts
Mostar Diving Club - Do your suit of lights
Ed Harcourt - Lustre
Danny & the chanpions of the world - Streets of our time
Paul Weller - Weeping the nation
MGMT - Congratulations
Trash Can Sinatras - In the music
Lucky Souls - A coming of age
The Coral - Butterfly house
The Radio Dept. - Clinging ta scheme
Eels - End times
The Clientele - Minotaur
Bigot - This is the beginning
Villagers - Becoming a Jackal
Gin Blossom - No chocolate cake
Math & Physic Club - I shouldn’t look as…
Fishtank Ensemble - Woman in sin
Beach House - Teen Dream
Jason Collet - Ra ta ta
Vampire Weekend - Contra
Ana Lógica - Apueste por su vida
Shirley Lee - Shirley lee
Edwyn Collins - Losing sleep
Sufjan Stevens - All delighted people
Fyfe dangerfield - Fly yellow moon
Brian Wilson - Revisiting Gershwin
Ariel Pink's haunted graffiti - Before today
The magnetic fields - Realism
Broken Bells - Broken bells
Robert Plant - Band of joy
Arcade Fire - The Suburbs
Avi Buffalo - Avi Buffalo
Locksley - Be in love
The Drums - The drums
Surfer Blood - Astrocoast
“All days are Nights: Songs for Lulu” es el nuevo disco de Rufus Wainwright, artista medio canadiense medio neoyorquino, hijo de cantantes, icono de la comunidad gay, barroco, amante de la opera y autor de cinco discos previos que a mí particularmente me encantan. Si alguien no lo conoce y pretende iniciarse en el fascinante y controvertido mundo del artista no le recomiendo sin embargo que pretenda hacerlo con este álbum porque sin duda es el más difícil de todos. ¿Es malo? Yo no he dicho eso. He dicho que es difícil. Oscuro, denso y difícil. Doce cortes de melodías no lineales y extrañas interpretadas exclusivamente con piano y voz. Aunque las letras son tan oscuras y difíciles de entrever como la propia portada y o el libreto interior parece obvio pensar que el concepto está relacionado con el fallecimiento de la madre de Rufus Wainwright y de la misma forma es sencillo hacerse una idea sin escucharlo de cual es el tono de todo el disco.

Hace unos meses el genuino cantautor informó a todo el que quisiera escuchar sobre su aparente aburrimiento respecto al mundo de la música pop y al mismo tiempo que anunciaba la intención de abandonar definitivamente la producción de álbumes construidos sobre la base de ese estilo musical “menor” para centrarse en su verdadera pasión: la opera. Con una alta dosis de dignidad y honestidad y huyendo de la tradicional demagogia el artista anunció hace también unos meses que se embarcaría en una gira mundial acompañado exclusivamente de su piano con la intención exclusiva de recaudar dinero para su proyecto musical.
Esa gira pasaba hace 15 por el Circo Price madrileño pero yo entonces no sabía nada de todo esto. Ni siquiera sabía que el bueno de Rufus tenía un nuevo disco en el mercado. Así estamos. Una de las personas que más quiero en esta vida (y que más me quiere) conoce de mis debilidades musicales y de forma sorprendente y sorpresiva me condecoró con una entrada para el evento que yo no esperaba. Por circunstancias de la vida es cierto que he reducido drásticamente mis salidas nocturnas para asistir a conciertos y aunque algunas veces se trata de causas de fuerza mayor la mayoría de las veces la única causa es fundamentalmente la pereza y la falta de ganas, una dañina enfermedad que como la nada en el país de la fantasía se apodera peligrosamente de mis entrañas últimamente. Esa enfermedad es probablemente la única razón de que no hubiese comprado la entrada por mi mismo en el momento en el que supe del concierto pero así fueron los acontecimientos.
Fui sólo al concierto. Había sido un día de mierda aunque en esas semanas todos los días eran de mierda. El Circo Price no está muy lejos de mi casa así que decidí ir dando un paseo para oxigenarme y hacer tiempo mientras en mis oídos retumbaba el “Acid” de Ray Barretto que fue lo más animado que encontré en mi ipod y porque no quería ponerme a pensar en nada. Había quedado con un amigo que por la mañana me había dicho que acudiría pero en la misma puerta me encontré con la mitad de los happy losers que no sabía que estarían allí. En cualquier caso, salvadas las cervezas preparatorias, todos teníamos entradas separadas y lógicamente yo estaría sólo en la grada.
El concierto de Rufus constaba de dos partes pero sólo la segunda de ellas fue lo que realmente puede considerarse un concierto normal de Rufus Wainwright, entendiendo como normal que en el escenario apareciese solamente con su piano. En ella vimos al Rufus simpático, agradable y dicharachero que desgranaba éxitos y guiños a sus fans más acérrimos con talento y naturalidad. Casi todas las críticas que he leído del concierto coinciden en que esta fue la parte más divertida y probablemente tengan razón aunque no es la parte que yo recordaré. En la primera parte del concierto un maquillado Rufus interpretaba sin aplausos, vestido con traje de cola infinita y hombreras histriónicas, con una puesta en escena macabra, tenue y apesadumbrada, todas y cada una de las canciones de su “All days are Nights: Songs for Lulu”. Doce canciones tristes, melancólicas y sentidas tocadas sobre una penumbra de espesa luz mortecina con un teatro absolutamente lleno que tenía prohibido aplaudir y que apenas respiraba. Conozco gente a la que la performance le pareció un pesado tostón y están en su derecho de pensarlo. Probablemente yo pensaría lo mismo en otras circunstancias pero aquella noche tenía los sentidos en un estado muy próximo a lo que llamamos a flor de piel y no pude preocuparme de diseccionar la interpretación como si fuese un simple espectador. A la tercera canción, arropado por el anonimato de la grada y acunado por el cálido ambiente estaba llorando a moco tendido de forma inconsolable. No sé lo que estaba diciendo el joven Rufus ni si realmente una persona que se siente privilegiada como yo tenía o tiene motivos para ponerse a llorar como un gilipollas incomprendido pero aquella noche, durante la hora que duró aquello, se me pasaron un montón de cosas por la cabeza que me hicieron llegar a ese estado y me sentí una mierda.
Desde entonces hasta hoy he seguido viviendo una montaña rusa de emociones que van desde salta eufórico en la noche de Hamburgo porque un señor rubio metía un balón dentro de una red a tener que contener las lágrimas para parecer fuerte en el crematorio de una persona con la que hace cuatro semanas estaba cenando. Todo ello pavimentado con ladrillos de tamaño infinitesimal que me llevaban del abismo al cielo en apenas unos segundos. No es sano un recorrido así. He pasado por discutir a través de internet, discutir a través del teléfono y discutir de viva voz. Me he levantado con la sensación de querer acostarme y me he acostado con la sensación de no querer dormir. He tenido pesadillas en las que me pegaban al subir al autobús del colegio treinta años después de que aquello ocurriera. He perdido las ganas de coger la guitarra lo que unido al tiempo menguante que me queda para ello ha hecho que efectivamente no he vuelto a tocar una nota desde el concierto de Rufus. He pensado y he dejado de pensar. He llorado y he dejado de llorar. He llamado a gente que no me ha contestado la llamada y no he contestado la llamada a gente que me ha querido llamar. El mundo a veces es así de complicado.
El primer y único disco de Lukah Boo está terminado y masterizado pero a nadie parece importarle demasiado. Ni siquiera a mí mismo. Sé que podría ser injusto decir algo así pero por eso pongo el adjetivo demasiado. Demasiado es un concepto relativo que siempre puede ser más o menos a gusto del consumidor. El disco está terminado pero ninguno de los dos principales valedores del mismo están contentos con el resultado. Yo tampoco lo tengo muy claro aunque el tiempo me dará mejor perspectiva. La culpa evidentemente, para bien o para mal, la he tenido yo por no saber hacer las cosas pero como tantas otras en mi vida nadie me ha enseñado a hacerlas y a veces tengo que cometer errores que no me dejan subsanar. Puede que este sea el caso. Es así y así tiene que ser. Tampoco sé cuando saldrá a la luz, si sale, porque todo apunta a que nunca es un buen momento. No obstante saldrá, seguro que saldrá. No sé cuando o como pero tendrá que salir porque me encargaré personalmente de que así sea.
Hace tiempo que noto una pereza creciente a la hora de escribir este blog y puesto que nació con la vocación de ser una pura diversión que está resultando dejar de serlo he decidido dejarlo. Al menos de momento. Lo tenía decidido desde hace tiempo pero me debía una explicación que ahora escribo. Lo bueno de ser discreto al aparecer es que puedes ser igual que discreto al desaparecer sin causar verdadero trastorno.
Muchas gracias a todos los que alguna vez me habéis leído y especialmente a todos los que alguna vez os habéis atrevido a comentar algo. Para mi fue muy importante.
Keep on rockin’ on the free world.
Hace ya un tiempo que escribí una especie de artículo en Popmadrid (aquí) comentando la rabiosa actualidad en lo que respecta a las tendencias en el mundo de la música y en como a veces las historias se repiten. Entonces, abrumado como estaba por esa tendencia a encontrar en las tiendas cada vez más discos de grupos ultra-sofisticados y complejos, muy próximos a los parámetros que hace décadas habían sustentado los cimientos del rock sinfónico, con grandes dosis de intelectualidad y músicos virtuosos que hacían de esto de la música algo inabordable para un chicho de barrio como yo. Soñaba ingenuamente así con una especie de punk (no el estilo musical sino el espíritu) que lo mandase todo a la mierda y volviese a acercarse a esto de la música desde las premisas del talento bruto y la frescura olvidándose de la complejidad artificial. Pasados un par de años el panorama no es muy diferente yo creo que congelado por el efecto piratería, la muerte de la música pop como arte y el lamentable alejamiento que el pueblo llano práctica respecto de la creación musical. No hablo de interpretación en un macroescenario estival. Hablo de creación musical.
Aquello de los grupos de tendencia medio folk, con miles de instrumentos sonando, narrando letras retorcidas y oscuras que podrían pasar por poesía de vanguardia o los pequeños genios de virtuosismo instrumental en torno a los cuales se generaban etiquetas musicales de complejidad sonora no han pasado de moda sino que se han asentado. También han aparecido en escena un buen puñado de grupos que lideran las listas de tendencias que basan su razón de ser en el collage sonoro y la libertad de reglas, como una especie de Bebop en tiempos de la electrónica. Curioso. Estas semanas de ausencia he estado deambulando por entre estas propuestas con suerte dispar.
Una de las pocas cosas que me gustan de los macrofestivales es tener la oportunidad de ver un montón de grupos desconocidos que de otra forma hubiese sido muy complicado escuchar. Eso fue lo que me ocurrió hace años en el extinto Summercase de Madrid cuando entre concierto y concierto de entre los que tenía marcados en mi agenda me metí en uno de los escenarios pequeños para ver lo se estaba cociendo y me encontré un banda extraña con cinco personas al cargo de los instrumentos típicos pero que además cada uno de ellos llevaba uno o varios teclados. La música que sonaba era una especie de Americana unas veces, Indie-Pop (de claros tintes americanos también) otras que sin resultar especialmente novedosa tenía mucho encanto. Bonitas melodías, arreglos ingeniosos, letras misteriosas y un conjunto musical bastante melódico y cuidado. Me gustó mucho aquel concierto. La banda se llamaba Midlake y días después tenía sus dos discos editados hasta la fecha. Hace unas semanas salió publicado su tercer álbum titulado “The courage of Others” que ha sido una de las mayores decepciones que me he llevado en los últimos años. Lo he escuchado mil veces a estas alturas tratando de encontrar la gracia que debe tener pero que nunca encuentro ya que cada vez que lo hago me aburre más. Anclados en una especie de Folk pastoral pesado y setentero se suceden canciones perfectamente construidas y ejecutadas a las que no le encuentro ninguna gracia. denso, espeso, sinfónico,… No sé donde he leído que es uno de los mejores discos de lo que va de año. Esa no es desde luego mi opinión.
Afortunadamente ni puedo ni quiero decir lo mismo de la nueva entrega de The Morning Benders, “Big Echo”, un disco al que le hinqué el diente un poco a regañadientes (su anterior trabajo tampoco es que me hubiese matado) pero que me enganchó en cuanto escuche la canción con que se abre, esa especie de retro-avant-garde titulada “Excuses”. Los californianos vuelven con las mismas características que ya se veían en su álbum de debut y que básicamente navegan por las modernas técnicas de composición en base a gadgets electrónicos y las posibilidades de la edición digital mezcladas con melodías eminentemente sixties y particularmente de la costa oeste californiana. La cacareada influencia de Brian Wilson, sin ser realmente patente, si que parece entreverse entre loops y efectos sonoros. En esta nueva entrega sin embargo me parece que las canciones son más sólidas y más canciones. En muchas ocasiones dan ganas de tararear la melodía antes que fijarse en ritmo tan chulo que han conseguido o el sonido tan cool de la guitarra eléctrica lo cual es muy de agradecer para tipos como yo. Desgraciadamente la emoción inicial se va disipando poco a poco mientras se suceden los cortes pero el regusto que me queda al final es lo suficientemente bueno como para que me den ganas de volverlo a escuchar.
Y acabo con una de los discos a los que la crítica de vanguardia parece tenerle puesto el ojo últimamente. El debut de Fang Island, un grupo nuevo en las tiendas formado en las recónditas tierras de Provicence en Rhode Island (¡igual que Velvet Crush!) y que practican una mezcla musical inquietante y curiosa que incluye elementos del hard rock o los desarrollos más heavies del pop (a veces a mi me parece incluso rock progresivo) mezclado con pasajes y conceptos de melodía tan impropios de los estilos anteriores y todo ello rebozado con el generoso paraguas del indie-rock americano que todo lo abriga y todo lo quiere. El disco tiene buenos momentos, es original en muchos aspectos y lo curioso de la propuesta se mantiene en todos los cortes. Aunque a mí personalmente no me termina de matar, no creo que sea un disco que escuche muchas más veces, y que se me escapa más allá del efecto curiosidad entiendo perfectamente que sea objeto de deseo por parte de la prensa especializada.
Aquello de los grupos de tendencia medio folk, con miles de instrumentos sonando, narrando letras retorcidas y oscuras que podrían pasar por poesía de vanguardia o los pequeños genios de virtuosismo instrumental en torno a los cuales se generaban etiquetas musicales de complejidad sonora no han pasado de moda sino que se han asentado. También han aparecido en escena un buen puñado de grupos que lideran las listas de tendencias que basan su razón de ser en el collage sonoro y la libertad de reglas, como una especie de Bebop en tiempos de la electrónica. Curioso. Estas semanas de ausencia he estado deambulando por entre estas propuestas con suerte dispar.
Una de las pocas cosas que me gustan de los macrofestivales es tener la oportunidad de ver un montón de grupos desconocidos que de otra forma hubiese sido muy complicado escuchar. Eso fue lo que me ocurrió hace años en el extinto Summercase de Madrid cuando entre concierto y concierto de entre los que tenía marcados en mi agenda me metí en uno de los escenarios pequeños para ver lo se estaba cociendo y me encontré un banda extraña con cinco personas al cargo de los instrumentos típicos pero que además cada uno de ellos llevaba uno o varios teclados. La música que sonaba era una especie de Americana unas veces, Indie-Pop (de claros tintes americanos también) otras que sin resultar especialmente novedosa tenía mucho encanto. Bonitas melodías, arreglos ingeniosos, letras misteriosas y un conjunto musical bastante melódico y cuidado. Me gustó mucho aquel concierto. La banda se llamaba Midlake y días después tenía sus dos discos editados hasta la fecha. Hace unas semanas salió publicado su tercer álbum titulado “The courage of Others” que ha sido una de las mayores decepciones que me he llevado en los últimos años. Lo he escuchado mil veces a estas alturas tratando de encontrar la gracia que debe tener pero que nunca encuentro ya que cada vez que lo hago me aburre más. Anclados en una especie de Folk pastoral pesado y setentero se suceden canciones perfectamente construidas y ejecutadas a las que no le encuentro ninguna gracia. denso, espeso, sinfónico,… No sé donde he leído que es uno de los mejores discos de lo que va de año. Esa no es desde luego mi opinión.
Afortunadamente ni puedo ni quiero decir lo mismo de la nueva entrega de The Morning Benders, “Big Echo”, un disco al que le hinqué el diente un poco a regañadientes (su anterior trabajo tampoco es que me hubiese matado) pero que me enganchó en cuanto escuche la canción con que se abre, esa especie de retro-avant-garde titulada “Excuses”. Los californianos vuelven con las mismas características que ya se veían en su álbum de debut y que básicamente navegan por las modernas técnicas de composición en base a gadgets electrónicos y las posibilidades de la edición digital mezcladas con melodías eminentemente sixties y particularmente de la costa oeste californiana. La cacareada influencia de Brian Wilson, sin ser realmente patente, si que parece entreverse entre loops y efectos sonoros. En esta nueva entrega sin embargo me parece que las canciones son más sólidas y más canciones. En muchas ocasiones dan ganas de tararear la melodía antes que fijarse en ritmo tan chulo que han conseguido o el sonido tan cool de la guitarra eléctrica lo cual es muy de agradecer para tipos como yo. Desgraciadamente la emoción inicial se va disipando poco a poco mientras se suceden los cortes pero el regusto que me queda al final es lo suficientemente bueno como para que me den ganas de volverlo a escuchar.
Y acabo con una de los discos a los que la crítica de vanguardia parece tenerle puesto el ojo últimamente. El debut de Fang Island, un grupo nuevo en las tiendas formado en las recónditas tierras de Provicence en Rhode Island (¡igual que Velvet Crush!) y que practican una mezcla musical inquietante y curiosa que incluye elementos del hard rock o los desarrollos más heavies del pop (a veces a mi me parece incluso rock progresivo) mezclado con pasajes y conceptos de melodía tan impropios de los estilos anteriores y todo ello rebozado con el generoso paraguas del indie-rock americano que todo lo abriga y todo lo quiere. El disco tiene buenos momentos, es original en muchos aspectos y lo curioso de la propuesta se mantiene en todos los cortes. Aunque a mí personalmente no me termina de matar, no creo que sea un disco que escuche muchas más veces, y que se me escapa más allá del efecto curiosidad entiendo perfectamente que sea objeto de deseo por parte de la prensa especializada.
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